Con el tiempo, empecé a mejorar mi equipo, y también mi ojo. Veía fotos donde antes veía una calle sin ninguna atracción. Empecé a llevarme la cámara a todos los viajes que hacía, incluso saliendo de fiesta. Y eso hizo que mi perspectiva cambiara.
Me llevé la cámara a un concierto, solo por probar. Y menos mal que lo hice. Me enamoré otra vez de la fotografía, como lo hice la primera vez. Aunque diría que esta vez un poquito más, casi rozando la obsesión... pero dejemos a un lado las confesiones.
Me quedé enganchada a la fotografía de concierto, a ver las luces, crear escenarios donde quizá no los hay, a la edición de las fotos creando atmósferas totalmente nuevas. A captar la emoción del momento, eso que miles de personas ven y quieren recordar, pero nunca se volverá a repetir.
Quizá por todo esto la fotografía que más me gusta no solo es la de conciertos, sino también la callejera. Captar aquellos momentos irrepetibles y espontáneos no tiene precio.
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